El valor empresarial de hacer mejores preguntas
En muchas organizaciones se premia la rapidez. Los correos deben responderse enseguida, los paneles de control revisarse sin demora, las campañas lanzarse cuanto antes y las reuniones cerrarse con decisiones claras. En ese entorno, la curiosidad puede parecer un lujo innecesario. Quien pregunta “¿por qué está ocurriendo esto?”, “¿qué suposición estamos dando por válida?” o “¿qué no estamos viendo?” a veces es percibido como alguien que frena el ritmo del negocio.
Sin embargo, muchos de los errores más costosos empiezan justo cuando dejan de hacerse preguntas.
Un producto fracasa porque el equipo asumió que el interés del cliente equivalía a su disposición a pagar. Una estrategia rinde por debajo de lo esperado porque la dirección leyó el market growth, pero pasó por alto cambios de comportamiento. Un profesional con mucho talento se estanca porque la competencia técnica se confundió con la preparación para dirigir. En todos esos casos, el problema no es la falta de esfuerzo. Es la ausencia de indagación.
Por eso conviene entender la curiosidad no como un rasgo de personalidad, sino como una habilidad empresarial. Es la capacidad disciplinada de detectar lagunas de comprensión, formular preguntas relevantes, buscar evidencia, conectar ideas de distintas áreas y revisar las propias ideas cuando la realidad lo exige. Para los estudiantes, profundiza el aprendizaje. Para los profesionales, mejora el juicio. Para los mandos intermedios, fortalece la toma de decisiones. Y para los líderes, protege a la organización de la comodidad de una certeza obsoleta.
Esto es especialmente importante ahora, cuando el trabajo está cambiando por la tecnología, la evolución de las expectativas de los clientes, los ciclos de habilidades más cortos y la creciente complejidad de los problemas organizativos. El Future of Jobs Report 2025 del World Economic Forum identifica el pensamiento analítico, la resiliencia, la flexibilidad, el pensamiento creativo, el liderazgo y el aprendizaje continuo entre las capacidades que seguirán siendo relevantes para los empleadores. La curiosidad está por debajo de muchas de ellas. Sin curiosidad, el pensamiento analítico se vuelve mecánico. Sin curiosidad, el aprendizaje continuo se reduce a un calendario de formación. Sin curiosidad, la innovación acaba siendo un eslogan y no una forma real de entender los problemas.
La idea equivocada más común: la curiosidad no es lo contrario de ejecutar
El malentendido más habitual es pensar que la curiosidad retrasa la acción. La cultura empresarial suele preferir la decisión rápida, y con razón: una organización no puede funcionar si cada asunto se convierte en una investigación interminable. Los responsables deben priorizar, ejecutar y entregar resultados.
Pero el verdadero contraste no está entre curiosidad y ejecución. Está entre curiosidad disciplinada y curiosidad dispersa.
La curiosidad dispersa divaga. Persigue preguntas interesantes sin tener en cuenta la relevancia, el momento o la consecuencia. La curiosidad disciplinada es distinta: afina la ejecución porque aclara qué merece atención. Un director comercial que investiga por qué cambian las tasas de conversión entre regiones no está evitando actuar; está mejorando la asignación de recursos. Un responsable de producto que analiza por qué los usuarios abandonan tras la incorporación no está complicando innecesariamente el trabajo; está localizando un vacío de valor. Un responsable financiero que pregunta por qué caen los márgenes pese al crecimiento de los ingresos no está siendo teórico; está examinando la salud del modelo de negocio.
En ese sentido, la curiosidad no es una alternativa a la ejecución. La mejora.
Las organizaciones que desalientan las preguntas pueden parecer eficientes durante un tiempo, pero a menudo terminan dependiendo de supuestos heredados. Siguen haciendo lo que en su día funcionó, aunque ya hayan cambiado los clientes, los competidores, la tecnología o la regulación. La curiosidad es el mecanismo que permite detectar señales débiles antes de que se conviertan en fallos visibles.
Curiosidad como capacidad para detectar lagunas de información
Una lente útil para entender esto procede de la teoría de la brecha de información de George Loewenstein. Según esta idea, la curiosidad se activa cuando una persona percibe una distancia entre lo que sabe y lo que quiere saber. En gestión empresarial, esta perspectiva es muy relevante porque muchos problemas no nacen de la ignorancia simple, sino de una ignorancia que no se reconoce.
Un directivo puede no saber por qué cae la satisfacción del cliente. Ese es un vacío de conocimiento. Pero el riesgo mayor aparece cuando da por hecho que la satisfacción está estable porque todavía no han bajado las recompras. Una empresa puede no saber qué tecnología alterará su categoría. Esa es la incertidumbre normal de cualquier sector. Pero el riesgo estratégico más profundo surge cuando los líderes creen que las ventajas actuales son permanentes. Un estudiante puede no entender del todo cómo se relacionan las finanzas, el marketing, las operaciones y la economía. Eso es natural al principio del aprendizaje. El problema aparece cuando esas materias se estudian como compartimentos aislados.
La curiosidad comienza cuando alguien reconoce que “aquí hay algo que todavía no entiendo, y puede ser importante”.
Esto conecta con la teoría del aprendizaje experiencial de David Kolb, que describe un ciclo de experiencia, reflexión, conceptualización y experimentación. La experiencia por sí sola no garantiza aprendizaje. Una campaña fallida, una conversación difícil con un cliente, un objetivo de ventas no alcanzado o un problema operativo inesperado solo se vuelven útiles cuando alguien se detiene a reflexionar y pregunta qué enseñan. La curiosidad transforma la experiencia en conocimiento.
También se relaciona con el trabajo de Amy Edmondson sobre seguridad psicológica y aprendizaje en equipo. Su investigación muestra que los grupos aprenden mejor cuando sus miembros se sienten seguros para hablar, hacer preguntas, reconocer errores y discutir incertidumbres. Esto importa porque la curiosidad no es solo una cualidad individual: también depende de la cultura de la organización. Los empleados no hacen preguntas honestas en entornos donde preguntar se castiga. Los estudiantes no desarrollan independencia intelectual si el sistema premia únicamente la memorización. Y los directivos no afloran riesgos si la alta dirección prefiere la tranquilidad aparente antes que la realidad.
Una organización curiosa no es aquella en la que todo el mundo habla sin parar. Es aquella en la que la indagación está ordenada, la evidencia se respeta y los supuestos pueden ponerse a prueba.
Por qué la curiosidad es cada vez más importante en el trabajo
La relevancia de la curiosidad ha aumentado porque el trabajo ya no es el mismo. La investigación del McKinsey Global Institute sobre automatización y cambios en las capacidades de la fuerza laboral ha destacado de forma constante que, a medida que las tareas rutinarias y predecibles se automatizan, crece la demanda de capacidades cognitivas, sociales, emocionales y tecnológicas más avanzadas. La inteligencia artificial generativa ha acelerado todavía más esa transición.
La IA puede redactar, clasificar, resumir, calcular, traducir y recomendar. Pero no sabe por sí sola qué problema merece la pena resolver, qué dato es engañoso, qué preocupación de un grupo de interés tiene una carga política delicada o qué compensación resulta éticamente importante. La ventaja profesional ya no depende solo de conocer respuestas, sino de saber plantear mejores preguntas a las personas, a las organizaciones, a los mercados y también a los sistemas inteligentes.
Esto es especialmente importante para estudiantes y profesionales que se preparan para carreras vinculadas con la empresa. El conocimiento técnico sigue siendo importante, pero su vida útil se acorta. Las herramientas, las plataformas y los modelos de negocio cambian con rapidez. Quien solo aprende las herramientas del presente puede seguir siendo empleable durante un tiempo. Quien aprende a seguir aprendiendo construye adaptabilidad.
El Workplace Learning Report 2025 de LinkedIn pone un fuerte énfasis en el desarrollo profesional, la agilidad y el aprendizaje continuo a medida que las organizaciones responden a nuevas necesidades de competencias. La curiosidad es la base conductual que sostiene esas ideas. Nadie se recicla de forma efectiva solo porque existan módulos de formación. El cambio ocurre cuando la persona está dispuesta a preguntarse: ¿qué está cambiando en mi puesto?, ¿qué capacidades son ahora más valiosas?, ¿qué necesito entender más allá de mi función actual?
En India, esta cuestión resulta especialmente relevante. El trabajo de NASSCOM sobre future skilling ha insistido repetidamente en la necesidad de preparar talento para una economía digital. Pero la capacidad digital no puede reducirse a programar, manejar herramientas o acumular certificaciones. La habilidad más duradera es la disposición a investigar nuevas tecnologías, comprender sus usos de negocio, cuestionar sus límites y aplicarlas con responsabilidad.
La curiosidad también importa más allá de la tecnología. En los negocios de consumo ayuda a entender cómo cambian las aspiraciones entre regiones y niveles de ingresos. En los servicios financieros ayuda a explicar por qué la adopción de productos digitales varía entre grupos de clientes. En salud, logística, educación y comercio minorista, permite conectar los datos operativos con la experiencia real del cliente. Y en el emprendimiento evita que el fundador confunda entusiasmo con evidencia.
La curiosidad en la práctica: tres situaciones empresariales
La curiosidad se hace visible en la manera de responder a la ambigüedad.
Pensemos en una empresa que lanza un producto con un interés inicial sólido, pero con un uso repetido débil. Un equipo poco curioso puede reaccionar con descuentos, más publicidad o presión sobre la fuerza de ventas. Un equipo curioso se hace preguntas distintas: ¿están los usuarios obteniendo el valor prometido?, ¿en qué momento se desconectan?, ¿el producto resuelve un problema real o solo ha generado prueba?, ¿qué comportamiento demostraría una demanda sostenida? Estas preguntas pueden conducir a un rediseño, a una nueva propuesta de valor, a reforzar la educación del cliente o incluso a decidir que no merece la pena seguir invirtiendo.
Pensemos también en un joven profesional que recibe buenas evaluaciones, pero no asciende. Una reacción posible es la frustración, que a veces puede estar justificada. Pero la curiosidad permite un diagnóstico más útil: ¿qué capacidad se espera en el siguiente nivel?, ¿me reconocen solo por ejecutar o también por juzgar?, ¿puedo gestionar a distintos interlocutores?, ¿entiendo la lógica comercial del negocio?, ¿he demostrado que estoy preparado para liderar a otras personas? La curiosidad no elimina la política organizativa ni las barreras estructurales, pero ayuda a detectar qué aspectos sí dependen de uno mismo.
Pensemos, por último, en un líder senior que evalúa la adopción de inteligencia artificial. Una visión estrecha la trata como un simple despliegue tecnológico. Una visión curiosa pregunta: ¿qué tareas conviene automatizar?, ¿qué decisiones necesitan supervisión humana?, ¿qué riesgos de datos existen?, ¿cómo cambiarán los roles?, ¿cómo se mantendrá la responsabilidad?, ¿qué deben aprender los empleados para trabajar bien con estos sistemas? El valor de la IA no depende solo de la herramienta, sino de la calidad de la pregunta directiva que se formule en torno a ella.
Estos ejemplos muestran que la curiosidad no equivale al optimismo. No significa creer que toda idea nueva funcionará. De hecho, una curiosidad disciplinada suele volver a los líderes más realistas. Les empuja a examinar evidencias contrarias, entender las limitaciones y evitar generalizar a partir de casos de éxito demasiado visibles.
Esto importa porque muchas conversaciones de negocios están afectadas por el sesgo de supervivencia. Por cada startup celebrada, hay muchas otras que no llegan a escalar. Por cada giro profesional visible, existen compensaciones menos visibles en forma de tiempo, seguridad financiera, capacidad, redes y contexto. La curiosidad ayuda a estudiantes y profesionales a respetar esa complejidad sin quedarse paralizados ante ella.
Implicaciones prácticas para estudiantes y profesionales
En el caso de los estudiantes de BBA, la curiosidad debería empezar por el pensamiento interdisciplinario. Quien estudia marketing debe preguntarse cómo influyen las finanzas en el precio y la rentabilidad. Quien estudia finanzas debe preguntarse cómo afecta el comportamiento del cliente a la calidad de los ingresos. Quien estudia operaciones debe preguntarse cómo cambia la tecnología la prestación del servicio. Y quien se interesa por el emprendimiento debe preguntar cómo la regulación, el flujo de caja, las personas y la ejecución determinan si una idea sobrevive. La curiosidad convierte la educación empresarial en una forma de entender organizaciones, no en una suma de asignaturas separadas.
Para quienes aspiran a un MBA y para los profesionales en activo, la curiosidad es clave para la movilidad profesional. El crecimiento de carrera suele exigir pasar de la excelencia en la tarea al juicio de negocio. Esa transición depende de hacerse preguntas más amplias: ¿cómo crea valor mi función?, ¿qué vive realmente el cliente?, ¿cuál es la economía de esta decisión?, ¿cómo interactúan las personas, los procesos, la tecnología y la cultura? Quienes mantienen viva la curiosidad tienen más posibilidades de desarrollar capacidades transferibles en lugar de quedar encerrados en la familiaridad de un puesto concreto.
Para quienes asumen por primera vez responsabilidades de gestión, la curiosidad es esencial para liderar personas. Los nuevos mandos suelen sentir la presión de responder rápido. Pero dirigir bien también exige preguntar: ¿qué motiva a esta persona?, ¿por qué ha cambiado el rendimiento?, ¿qué barreras no aparecen en los paneles?, ¿qué apoyo necesita el equipo?, ¿qué estoy suponiendo sobre este colaborador que quizá no sea del todo correcto? La curiosidad mejora las conversaciones de coaching y reduce el riesgo de juzgar mal a las personas.
Para los emprendedores, la curiosidad debe dirigirse al mercado y no solo a la idea. Muchos fundadores se enamoran de su solución antes de comprender a fondo el problema. La curiosidad disciplinada pregunta: ¿quién tiene exactamente este problema?, ¿cómo lo resuelve hoy?, ¿qué está dispuesto a pagar?, ¿qué comportamiento demuestra demanda?, ¿qué tiene que ser cierto para que este modelo de negocio funcione?
Para los líderes empresariales, la curiosidad debe institucionalizarse. Pueden fomentarla pidiendo a los equipos que expongan los supuestos detrás de las decisiones importantes, revisando las iniciativas fallidas sin buscar culpables, invitando a voces discrepantes, pasando tiempo con los clientes y premiando el aprendizaje, no solo la certeza a corto plazo. La calidad de las preguntas en las reuniones de dirección suele revelar la calidad del pensamiento dentro de la organización.
Los límites de la curiosidad
También hay que reconocer algo importante: la curiosidad por sí sola no basta. Una persona curiosa puede seguir tomando malas decisiones si le faltan rigor analítico, conocimiento del sector, criterio ético o disciplina de ejecución. Y las organizaciones también pueden usar la curiosidad como eslogan cultural mientras siguen castigando el desacuerdo. La exploración interminable sin prioridades puede consumir tiempo y recursos.
La curiosidad solo crea valor empresarial cuando se cumplen ciertas condiciones. Debe conectarse con la evidencia. Debe orientarse por prioridades estratégicas. Debe respetar las restricciones de tiempo y recursos. Y, en algún momento, tiene que desembocar en aprendizaje, decisión o acción.
El reto para la dirección no es formular preguntas infinitas, sino plantear las preguntas que realmente importan en el momento adecuado.
La curiosidad también exige humildad. La experiencia es valiosa, pero puede volverse peligrosa cuando se endurece en certeza. Cuanto más senior es una persona, mayor es el riesgo de que la rodeen información filtrada, asentimiento educado y confirmación de sus éxitos pasados. La curiosidad protege a los líderes de la comodidad de su propia experiencia.
La curiosidad mantiene viva la experiencia
La curiosidad no es un rasgo decorativo en la empresa contemporánea. Es una capacidad práctica que mejora el aprendizaje, la toma de decisiones, la innovación, el liderazgo y la adaptabilidad. Ayuda a los estudiantes a conectar conceptos entre disciplinas. Ayuda a los profesionales a ir más allá de la ejecución y llegar al juicio. Ayuda a los mandos a entender a las personas y a los sistemas. Y ayuda a las organizaciones a detectar el cambio antes de que se convierta en crisis.
La idea no es que la curiosidad sustituya a la experiencia. Al contrario: la curiosidad mantiene viva la experiencia. El conocimiento que no se cuestiona se vuelve obsoleto. La experiencia que no se reflexiona se convierte en hábito. La estrategia que no se pone a prueba acaba siendo una suposición.
Para estudiantes y profesionales que se preparan para un entorno empresarial incierto, la curiosidad debería entenderse como una habilidad disciplinada: la capacidad de detectar lagunas, formular preguntas, buscar evidencia, aprender cruzando fronteras y revisar el propio criterio cuando la realidad lo exige. En un mundo en el que las respuestas son cada vez más accesibles, la ventaja duradera puede pertenecer a quienes saben qué merece la pena preguntar.
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